Músicos de la comarca tocando a un metro de quien escucha, en el patio de una finca del siglo XVI, cuando ya ha caído el sol.
Flamenco en vivo en el patio de una finca señorial del siglo XVI, cuando ya ha caído el sol y la piedra todavía guarda el calor del día. Los músicos son de la comarca y tocan a un metro de quien escucha.
No es un tablao. Hay una sola mesa y un solo grupo, porque la casa se alquila entera y nunca se comparte. Eso cambia lo que pasa: el flamenco se hace distinto según quién esté delante, y con catorce personas como mucho, los músicos tocan para esas catorce personas y no para una sala.
Suele empezar con la guitarra sola, mientras la gente todavía está en la mesa, y va subiendo. Lo que venga después depende de la noche. No hay un repertorio cerrado ni una hora de final marcada.
El patio está rodeado por la fachada de la casa, con sus arcos de raíz andalusí y las cenefas de cerámica con cítricos que recorren el muro. Encima, la Virgen de los Desamparados pintada sobre cerámica hace dos siglos. Es un sitio con acústica propia, de muro y no de altavoz.
La experiencia se presta en la propia finca a quienes se alojan en ella y se acuerda antes de llegar, porque depende de la disponibilidad de los músicos.