El arroz se hace a leña de naranjo cortada en el propio campo. Se empieza con las manos en el sofrito y se termina comiendo lo que se ha hecho, en la mesa de fuera.
Una clase de paella valenciana en la finca donde después se come. No es una demostración que se mira: se enciende el fuego, se corta, se sofríe y se espera, y cada persona hace su parte. El cocinero de la casa acompaña los tres momentos en los que se decide un arroz —el sofrito, el punto del caldo y el reposo— y explica por qué cada uno importa.
La leña es de naranjo, cortada en el propio campo. Villa Paula está rodeada de siete hectáreas de finca, con mandarino Clemenules en producción, y la poda del invierno es la que alimenta el fuego durante el resto del año. El naranjo arde con una llama corta y regular, que es justo lo que pide una paella: calor parejo por todo el fondo y nada de humo que se pegue al arroz.
Se cocina fuera, en el jardín, dentro de una finca señorial del siglo XVI restaurada por la familia propietaria a lo largo de cuatro años. Alrededor hay 4.500 metros cuadrados de jardín con una higuera centenaria, y al lado discurre la Acequia de Quart, una de las nueve acequias cuyo reparto de agua gobierna el Tribunal de las Aguas de la Vega de Valencia, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Parte de lo que entra en la paella sale de la huerta de la casa, según la época del año: el tomate desde mediados de junio, el pimiento y la berenjena hasta agosto. Lo demás se compra en la comarca.
La experiencia se presta en la propia finca y está pensada para el grupo que se aloja en ella, que siempre es uno solo: la casa se alquila entera, de siete a catorce personas. Se acuerda antes de llegar.