La cerámica valenciana desciende de la tradición andalusí. Aquí no se mira una demostración: es un torno de verdad, con las manos en el barro.
Una sesión de torno de alfarero con un ceramista de la comarca, en el jardín de una finca señorial del siglo XVI. No es una demostración que se mira desde una silla: cada persona se sienta al torno, centra su propio barro y levanta su propia pieza.
La cerámica valenciana desciende de la tradición andalusí, y esta comarca lleva siglos haciéndola. Todavía quedan talleres trabajando a media hora de la finca. Uno de esos ceramistas restauró la Virgen de los Desamparados pintada sobre cerámica que hay en la fachada de esta casa, de hace dos siglos y sin autor conocido.
Se aprende lo que cuesta aprender: centrar el barro, que es lo único que no se puede saltar; abrirlo sin perder el centro; y levantar la pared sin que se venga abajo. La primera pieza sale torcida. La segunda, menos. Ésa es toda la lección.
Las piezas que salen se quedan con quien las ha hecho. El barro y los materiales van incluidos, y no hace falta experiencia previa ni traer nada.
Se trabaja fuera, en los 4.500 metros cuadrados de jardín de la casa, bajo la higuera centenaria cuando el tiempo acompaña. La experiencia se presta en la propia finca y está pensada para el grupo que se aloja en ella, que siempre es uno solo: la casa se alquila entera, de siete a catorce personas.